Jorge Cardona

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Volver a los 17 después de vivir un siglo, es como descifrar signos sin sabio competente… Violeta Parra

¿Qué extraña mano nos arrastra cada momento a tratar de recuperar lo vivido?; ¿será acaso la falta de futuro lo que nos hace refugiar en el pasado?

El pasado, propio o ajeno, ha ejercido siempre una gran atracción. Es la puerta de salida de nuestras frustraciones y, al recuperarlo, le damos un nuevo significado, una nueva dinámica que hace que, como un efecto de prestidigitación, seamos mejores.

¿A quien podrá interesarle lo que ocurría hace 30 años en el barrio Buenos Aires?. En este momentos en que parece que nada se mueve, cuando muchos de nuestros sueños quedaron en eso, sueños, intentar recordar la vida de aquellos que estaban allí puede ser iluso. Pero la vida, cada vez más, se va llenando de eso, meras ilusiones.

En 1966 todos queríamos tocar guitarra. La fiebre de la música moderna nos había llegado y las clases de guitarra estaban en primer lugar. Recuerdo que el primer disco que compré, con mi escaso dinero de estudiante de bachillerato se llamaba “El Club del Clan”, cantado por Lucecita. A partir de ese momento, la música fue parte importante en mi vida.

En Medellín y sus contornos Juan Nicolás Estela y Los Yetis eran los que marcaban la parada. El grupo ensayaba en la casa de Juan Nicolás que quedaba cerca al Das de Ayacucho y cuando subíamos por allí después de hacer tareas en la biblioteca de la Universidad, que en ese entonces quedaba en Girardot, nos parábamos en la ventana a oírlos tocar. “Ametrallando”, “La chica del billete”, “Jinetes en el cielo” y sobre todo “Apache” eran nuestras canciones preferidas y el desafío de todos. En esos momentos solamente nos contentábamos con intentar tocar una que otra canción ranchera que nos enseñaba don Germán, el maestro de guitarra, pero sabíamos que algún día podríamos tocar “Apache” sin equivocarnos y esa tranquilidad nos hacía ser temerarios. Todos queríamos ser los líderes de un grupo de rock, igual que todos queríamos ser delanteros en los poquitos partidos de fútbol que jugábamos.

Sin embargo, pocos fueron los que perseveraron con la música. Al cabo de algunos años, casi todas las guitarras estaban colgadas detrás de una puerta, llenas de polvo y en otros casos fueron a parar a las prenderías. La mía sufrió las agradables consecuencias de ser usada por mis hijos en un nuevo proceso de iniciación.

Como hoy, parejo con la guitarra llegaban las muchachas. El tocar la guitarra fue el mejor mecanismo que pudimos usar, sobre todo aquellos que éramos más tímidos, para acercarnos a las mujeres. Desde el momento en que uno tocara la guitarra y se atreviera a medio cantar, podía estar relativamente tranquilo en sus relaciones con ellas. Así fueron naciendo nuestros primeros amores y también nuestros primeros fracasos. Todo lo envolvíamos en la música y “El día de los novios” el regalo obligatorio era un disco: Raphael, Los Hermanos Arriagada, Los Yetis o el bolerista del momento. Otra cosa era la bailada.

El aprendizaje lo hacíamos el día antes de nuestro primer baile en las escalas de la amiga más lanzada. La música de “Los Corraleros de Majagual”, los “Catorce cañonazos bailables” y “Los Graduados” fue nuestra maestra en el difícil arte del baile. Eso y un trago de aguardiente nos animó a hacer el ridículo por primera vez. Pero la alegría de poder sacar a bailar a la vecina que nos tenía locos calmaba cualquier temblor. De baile en baile recorrimos Buenos Aires, Boston, La Milagrosa y en contadas ocasiones hasta salíamos por La América y Laureles. El baile de cada ocho días se convirtió en un ritual para todos nosotros. Llegamos a tener amigas a las que sólo veíamos en los bailes y con las cuales teníamos casi que un acuerdo tácito de no preguntar por lo que hacíamos entre semana. Nos dedicábamos solamente a bailar esperando ansiosamente el bolero que intercalaban cada diez o quince canciones. Así dábamos rienda suelta a nuestra imaginación. En ese abrazo ingenuo y musical estaban representadas nuestras relaciones sexuales. De ahí a sentirnos unos superhombres sólo había un paso y más de una pelea nos ganamos por tratar de defender nuestro territorio, caso en el cual, eran más veloces nuestros pies que nuestros puños. Pero con el baile semanal llegaba el problema de la plata. Casi todos estudiantes de clase medía, en un Medellín relativamente parroquial, el poco dinero que llevábamos era el dinero de los “algos”. Así se iniciaron nuestras primeras disputas en la casa. Cada ocho días era la misma cantaleta por el permiso al baile. Los padres que no y uno que sí. Alguno aprovechaba que su papá estaban con amigos para pedirle el dinero para el baile. Esto casi nunca fallaba. Sin embargo, también en algunos casos, había que devolver algo al otro día.

Y en ese ir y venir, levantamos novia.

Casi siempre era la vecina o la hermana del compañero de colegio con el que acostumbrábamos hacer tareas. Ya no podíamos estar bailando en cualquier parte ni bailando con cualquier muchacha. Así nacieron ciertas normas por cumplir: la llamada telefónica diaria, esperarlas a la salida del colegio para llevarles los libros y los regalos según la ocasión se convirtieron desde entonces en centro de nuestras vidas. Fue la época de los “quinces” y la pelea en la casa para tener el primer vestido “cachaco”. El tener novia parecía que nos creaba ciertos atributos nuevos: éramos personas adultas, los juegos pasaron a segundo plano y de ahí en adelante las barras empezaron a cambiar de miembros de acuerdo a la cercanía o lejanía de la novia. Pero también el entrar al mundo de los adultos nos acarreó todas las dificultades que esas nuevas relaciones traían. Jóvenes inexpertos, ingenuos y bobos empezamos a sufrir las consecuencias del amor. Las continuas peleas y reconciliaciones hacían de nuestras vidas un mar de incertidumbre propicia para caer en cualquier abismo. El colegio pasó a segundo plano, las caminatas nocturnas en medio de aguaceros fueron frecuentes y hasta el folydol de las bifloras tuvo que ser escondido por miedo a que lo usáramos en medio de un desengaño amoroso. Visto con los ojos de hoy, podemos comprobar como es de difícil atravesar sin daño esa dura etapa de la adolescencia. Mirando las fotos de aquellas novias de antaño, leyendo sus dedicatorias y volviendo a oír aquellas canciones de Sandro,

Los Angeles Negros y el primer Serrat nos parece mentira que de hubiéramos hecho una tormenta en un vaso de agua. Pero esa es la vida. Mi dolor de muelas es el mayor dolor que pueda pasarle a cualquiera. Yolanda, Gloria, Amparo … ¿Qué tan distinta hubiera sido mi vida? Nunca se sabe, lo cierto es que cada una me enseñó algo, me dio algo y todas me ayudaron a pasar esos difíciles años

El Club Juvenil

Buenos Aires se daba el lujo de tener, detrás de la iglesia, un teatro y, encima, una inmensa terraza. En su entorno nació el Club Juvenil bajo la atenta mirada del padre Fernando. Hernán, Alicia, Martha, Marino, Alberto, las Cuartas y tantos otros nos reuníamos allí casi todos los días en una suerte de cofradía. Casi todos estábamos terminando el bachillerato o empezando carrera, unos pocos trabajaban, pero en el Club todos éramos iguales. Formado casi en su totalidad por partes iguales de hombres y mujeres rápidamente surgieron los noviazgos. Y así el Club se convirtió en el lugar de encuentro, sede del grupo danzas, misa juvenil los sábados y, para los que vivíamos más cerca, lugar en donde terminábamos nuestras aventuras nocturnas. Hernán, que vivía exactamente al frente era el dueño de las llaves y como tal había que tenerlo contento. Aunque Hernán no lo necesitaba. Si existe una persona que sea capaz de entregarse a algo con toda la fuerza, el amor y el desinterés, esa persona es Hernán. Era el motor de todos nosotros. A pesar de su continuo dolor de cabeza, que con el tiempo pude comprobar que era genético, Hernán siempre estaba con algo nuevo para hacer. El era el impulsor de las danzas, el que organizaba los paseos, el que más trabaja en el bazar, el asesor sentimental y, cuando el trago hacía estragos, el que nos cuidaba las rascas. Con Hernán uno siempre podía contar y estoy seguro que en estos momentos sería lo mismo.

Hace poco me avisaron que Alberto había muerto después de luchar con un cáncer de garganta y toda una serie de buenos recuerdos pasaron por mi mente en forma rápida. Cuando Alberto apareció por la esquina de la casa, algo diferente entró en nuestra rutina. Alberto no estudiaba porque necesitaba trabajar, y eso era nuevo para nosotros, todos hijos de clase media, estudiantes de bachillerato y sin un centavo en el bolsillo. El, en cambio, siempre tenía plata y venía de otro mundo fuera del nuestro. Alberto conocía de necesidades, de esfuerzos … y de mujeres. Era solidario en todo, se apuntaba a todo, colaboraba con todo. El grupo de danzas, la convivencia, la misa juvenil, la beba del fin de semana con la correspondiente amanecida en su casa. Con él uno nunca estaba solo, sabía que cualquiera cosa que se le pidiera la haría con el mayor gusto. Pero bebimos mucho y eso trajo más dificultades a nuestra vida. Sin embargo el recuerdo de Alberto cubre una buena parte de esos años. En ese entierro me encontré con Hernán. Sigue trabajando en el Sena, está un poco robusto pero sigue siendo la misma buena persona que siempre fue.

Aparte del Club Hernán, Javier, Rodrigo y otros empezamos en esa época a ir a cine. Ya en alguna oportunidad había venido al teatro de la parroquia el Padre Valtierra, autoridad nacional en apreciación cinematográfica, para un cine foro con la película “La Confesión”. Ahí empieza algo que con el tiempo se vuelve una pasión. Domingos enteros nos encerrábamos en el teatro Colombia o en le Cid para ver cualquier doble que presentaran. Inolvidable fue “Lejos del mundanal ruido” y “Los girasoles de Rusia”, o “Dios como te amo” en la inauguración del Odeón. Ir a cine se volvió programa obligado, primero en barra y más tarde con la novia.

Bajar al centro a cine, “juniniar”, tomar el algo y comprar música. Ese era uno de los mejores programas de los viernes. Cuando hace pocos años me encontré con Carlos Aguilar en Compacs y Videos de San Diego, me llegaron unos de los mejores recuerdos. “La Ilustración” era un almacén de discos que quedaba en Maracaibo con Palacé, enseguida de la Librería Aguirre. Allí comprábamos por cuotas la música del momento, para nosotros y para regalar; Serrat, Camilo Sexto, Sandro. En ese almacén empezaba Carlos Aguilar su carrera de vendedor de música que lo llevó en los noventa a ser una de las personas que más conocía de rock en Medellín.

Algunas veces, después de oír un poco de mùsica, pasaba a la librería Aguirre a reclamar las boletas del Cineclub del teatro Colombia que de vez en cuando me regalaban. Ver Solarius, Pasan las grullas, La vía láctea y otras películas que todavía trato de entender, en medio de un público casi todo universitario, de personas mayores fue algo que no olvidaré.

Beber

El primer contacto serio con el licor se dio en medio de una guitarriada en la esquina de la casa, en el primer trago para poder bailar. De ahí a seguir tomando cada que nos reuníamos a tocar o a bailar no hubo sino un paso. Las serenatas para el bazar, las peleas con la novia, las reconciliaciones o cualquier otra cosa servían de disculpa para beber. Aunque no manejábamos dinero, siempre había alguien que invitaba. Así se fueron desmoronando muchos sueños juveniles. Algunos cambiamos de colegio, otro perdían años y la gran mayoría empezó a tener problemas en sus casas. El final de nuestra adolescencia se presentaba en una época en que muchas cosas llegaban al mismo tiempo: los Beatles, los hipies, el Ché, la marihuana y la beligerancia estudiantil. Y aunque no lo supiéramos en ese momento nuestras vidas estaban siendo marcadas por acontecimientos y actitudes que aún hoy nos afectan. Sin darnos cuenta, entramos en la década de los setenta. Nuevas situaciones se presentaban en la ciudad.

Eramos los más inteligentes

La década de los setenta se caracterizó en Colombia por ser el fermento de la lucha política de la clase media urbana. Los colegios oficiales y las universidades públicas, con el influjo del Mayo francés y la figura mítica del Ché, se convirtieron en fuente de rebeldía. Todos queríamos cambiar el mundo, más con el deseo que con la razón.

En ese momento empezamos a creer que podíamos hacer algo más que estar sentados en una esquina conversando hasta las dos de la mañana, bailando cada ocho días y desenguayabando los domingos. Algunos ya estaban en la Universidad y el fervor de cambio entró en nuestras cabezas como una chispa que lo quería quemar todo. Y de barra de parrandas pasamos a barra de acciones. El Club Juvenil fue desde ese momento nuestro campo de acción. Aquí apareció Gabriel. Con él las experiencias que vivimos tuvieron un giro completo. Dejamos de jugar y empezamos a pensar en algo que apenas comprendíamos pero que Gabriel nos mostraba como el camino a seguir. Pensamos en los demás, en los que necesitaban.

Gabriel acababa de empezar a estudiar periodismo en la U. De A. y Teología en la Bolivariana. Era un torbellino de ideas. Tenía la cabeza llena de tantas cosas que su vida no duró todo lo que él y nosotros hubiéramos querido. Nos puso a marchar a todos así algunos hubieran sentido que eran desplazados. Pero Gabriel no se paraba ante nada. La férrea voluntad que mostraba cuando emprendía un trabajo nos arrastraba al trabajo. El grupo de teatro pasó de montar sainetes a intentar monólogos de corte social y político. En un barrio de clase media como era Buenos Aires en ese entonces, que unos muchachos empezaran a hablar de temas sociales extrañó a más de uno. El padre Fernando estaba asustado por lo que hacíamos. El paquete era completo: incluía grupo de danzas, grupo de teatro y, lo más serio de todo, actos culturales que tendían a acercar a la juventud a los hechos políticos del momento. Las obras colectivas de teatro experimental, los encuentros con otros grupos juveniles, los planes de alfabetización en el barrio Popular y en Villa Tina nos pusieron en contacto con otras realidades muy distintas de la que vivíamos a diario en nuestras casas. El acercarnos a los más pobres despertó en nosotros una sensibilidad social en grados diferentes. Algunos recurrieron al paternalismo que todo lo quiere arreglar simplemente con dádivas, otros trataron de ser más profundos y directos en su accionar frente a situaciones de extrema pobreza e injusticia. Una tercera alternativa fue la religiosa. El fervor cristiano, presente en casi todos nosotros, tuvo diferentes grados y consecuencias. Pero fue innegable que logramos cierta conciencia de la situación, de sus causas y sus posibles soluciones. Y así, sin querer queriendo, resultamos en medio de los elenos, simpatizantes del M19 y otra serie de grupos que se estaban gestando silenciosamente en nuestros barrios y que hoy son actores principales de nuestro despelote.

El grupo se fue seleccionando y al final Gabriel, Jorge, Luis, Iván, el otro Jorge y otros más terminamos formando rancho aparte del Club y nos enfilamos a un trabajo que para nosotros era más serio. Así nos encontramos cara a cara con situaciones de enfrentamiento político. Que si éramos electoreros, que si apoyábamos la lucha armada, que si no era mejor centrar nuestras acciones en la clandestinidad. Tantas cosas que no sabíamos medir las consecuencias y que, además, a muchos no le interesaban. El grupo empezó a mermar, unos pocos comenzamos a reunirnos, en forma cautelosa, con grupos de otros barrios. Cambiábamos de sitio de reunión para evitar que se conocieran nuestras intenciones y, en la cresta de esa situación, nos llegaron anónimos amenazantes porque estábamos apoyando la reacción, porque no definíamos nuestra posición política. Creíamos que estábamos haciendo la revolución o, por lo menos, éramos un grupo más que intentaba ese camino. Pero no era así. Solo estábamos tratando de reafirmar nuestra independencia frente a los mayores.

Algunos, más osados, con más preparación optaron por ponerle el pecho a esas situaciones y se camino por la tenue línea de la clandestinidad. Cubiertos por las sombras de la noche repartimos volantes en contra de las elecciones e incluso se llegó a plantear actos de saboteo. En cierta ocasión, incluso, se habló de la posibilidad de fabricar bombas, con la asesoría de un profesor de física de la universidad. Pero todo se quedó en eso, en posibilidad.

El tope de esta situación llegó con un foro que se organizó para hablar de Gaitán y su legado político. El padre Fernando no aguantó más y llamó al DAS para que suspendiera el foro. Aparecieron panfletos de elenos en donde nos instaban a unirnos a ellos. El ambiente se fue calentando y eso produjo la ruptura del grupo. Todos seguimos nuestro camino, casi todos a hacía la universidad, en donde nos hundimos en lo profundo de la masa. Gabriel terminó su carrera de periodismo y después de muchas luchas se ordenó de sacerdote. Realizó un gran trabajo primero en Cartagena y luego aquí en Medellín. Escribió varios libros espirituales, fundó El Monasterio y, cuando todo indicaba que su trabajo alcanzaba una muy buena aceptación, murió en plena plenitud. Se fue y con él se llevo una buena parte de mis sueños.

Pecas

La sensación de fracaso se va apoderando de uno sin apenas notarlo. Empieza cuando me entero, un mes después de haber ocurrido, que al Pecoso lo mataron por estar en la esquina equivocada. Pero, ¿en que momento el Pecoso, la persona más parecida a Jim Morrison que ha vivido en Medellín, cruzó esa tenue línea que lo volvió otro?

Desde tercero de bachillerato Pecoso era el primero en bajar en bicicleta sin frenos desde las mellizas hasta la iglesia de Buenos Aires haciéndole el quite a los carros que subían y bajaban por Ayacucho. Al llegar donde Pompilio con sus pecas y su pelo alborotado todos sabíamos que estaba vivo de milagro. Cuando cambió la bicicleta por la moto, todo fue peor. No pasaba semana sin que llegara con un raspón nuevo. Las carreras cada vez más alocadas no hacían sino aumentar la ansiedad de Pecoso por vivir. Quería hacerlo todo ya, como si supiera que le iba a faltar tiempo.

Sin embargo no faltaba al Colegio. El Cervantes era el punto de reunión inicial. Las dos primeras clases eran sagradas. Siempre estábamos todos. Pero a la tercera, casi siempre se corría lista en el teatro Colombia o el Buenos Aires. A todos nos unía una fiebre por el cine, igual veíamos una película de vaqueros, que El Graduado. Cuantas veces tuvimos que estirar el cuello, poner cara seria y escondernos en un saco prestado para que el portero nos dejara entrar a las películas de 18 años. Al salir de cine, los infaltables chorizos del Benitín servían de mecato antes de volver al colegio para los dos últimas clases.

La rutina del cine, o mejor, la rutina de volarnos del colegio tenía sus variantes y una de ellas era subir a la Normal a esperar la salida de la novia. La larga procesión de parejas se desparramaba por Ayacucho arriba y abajo hasta media cuadra antes de llegar a la casa porque la suegra no lo permitía. En esas “acompañadas” se cuadraba el baile del fin de semana, aclarábamos chismes y hasta cambiábamos de novia.

Ese ir y venir de parejas, esa búsqueda de nosotros mismos hizo que en esos tiempos las barras tuvieran un permanente cambio. Nuevos amigos venían a reemplazar a aquellos que, casi siempre por cuestiones “amorosas” cambiaban de novia, de cuadra y de amigos. Pero Pecoso siempre estaba allí. Y no porque le faltaran novias que le hicieran cambiar sus rutinas sino porque tenía un extraño don de la ubicuidad que hacía que siempre que uno lo buscara, apareciera. El sentido de la amistad que tenía el Pecoso no lo he vuelto a encontrar en nadie. Pecas siempre estaba, no para dar consejos, que nunca los dió, sino para acompañar sin preguntar, sin incitar a nada ni a nadie. Era tan solidario con sus amigos que, cuando alguna vez levantó moza, la “prestaba” tranquilamente a quien se lo solicitara. Alguno ofrecía su casa, aprovechando que se encontraba sola en las tardes y la convertían entonces en una especie de casa de citas para adolescentes miedosos, que casi siempre se contentaban sólo con tocar. Pecas era el más lanzado de todos.

Pasando el tiempo, terminamos bachillerato, aunque en distintos colegios. La vida nos fue separando pero nuestros escasos encuentros recreaban el cariño. Se volvió minero en el Bajo Cauca y terminó jíbaro en Buenos Aires. Así fue nuestro último encuentro. Estaba viviendo por La Ladera, en un cuarto alquilado, tenía un pequeño hijo de brazos y su compañera estaba con él en todas sus locuras, por lo cual niño no recibía el cuidado necesario. Hoy, cuando me topo con alguno de los hermanos de Pecas sonrío y una gran ternura me trae su recuerdo.

La universidad es otro cuento

Y así llegamos al último año de bachillerato sin saber con certeza qué hacer. En el camino muchos quedaron tendidos. Unos empezaron a trabajar con sus padres, como empleados en almacenes o simplemente se fueron a buscar suerte a otros lugares. Otros entremos a la universidad y nuestra vida empezó a girar en otras ondas. El círculo universitario era más amplio y así fuimos perdiendo contacto con nuestros amigos.

Jorge Humberto Cardona (1952 - 2006)